Vistas de página en total

domingo, 15 de julio de 2012

Carta eleusina No. 16



Iván Rodrigo García Palacios
Carta eleusina No. 16

 
Construcciones en Göbekli Tepe, ilustración.


Apreciado Lucilio, "te saludo"
Me animan a escribirte dos descubrimientos científicos recientes, porque en su divulgación se patentiza uno de los prejuicios más dañinos para las ciencias y las filosofías y, a veces, también para las artes: las visiones teologizadas y antropomórficas del universo y de todo lo que allí existe y se sucede, con lo cual se distorsiona, tergiversa y limita el descubrimiento de conocimiento y lo natural de ser humanos.
Me explico: según ese prejuicio, todo lo que el Homo-Humano hace, investiga y descubre, está determinado o, bien, porque tiene que haber sido creado por una entidad superior y absoluta a la que se llama dios o, bien, porque se considera que son los miembros de género masculino de la especie la medida de todas las cosas.
Pienso que tan pernicioso prejuicio lo tenemos aclarado, así que paso a los dos descubrimientos científicos. Estos son: uno, los asentamientos paleolíticos de Göbekli Tepe, en Turquía y, dos, la demostración de la existencia del bosón de Higgs. Empiezo por comentarte el primero de esos descubrimientos.
Hace unos cuantos años, en Turquía, en la región de Göbekli Tepe (que significa colina panzuda), los arqueólogos descubrieron unas peculiares construcciones megalíticas circulares de gran tamaño y acabada forma, cuya datación se remonta a casi doce mil años antes de Cristo, casi siete mil años antes de las más antiguas de las construcciones megalíticas ya conocidas, a las que, además, superan por estar mucho mejor construidas y decoradas.
La historia de este descubrimiento, sus detalles, mapas y fotografías, se pueden consultar en la siguiente página de internet y sus enlaces:
Ese es un descubrimiento importante, sin embargo, lo que llamó mi atención es que la primera explicación y denominación que le asignaron los arqueólogos o los divulgadores, fue que se trataba de un templo, un lugar de cultos y ritos religiosos, sin que se contemplara la posibilidad de que podrían haber sido otras las motivaciones de su construcción y usos, dadas las mismas características asignadas por ellos.
En primer lugar, la misma datación establece que tales construcciones fueron realizadas apenas se habían retirado los hielos de la última gran glaciación y que por ello aquella región se había convertido en un fértil territorio cubierto de vegetación y poblado por numerosas especies animales que la aprovechaban.
En segundo lugar, los Homo-Humanos de esa época todavía eran cazadores-recolectores que vieron allí la oportunidad de explotar esa especie de alacena alimentaria.
En tercer lugar, los arqueólogos no han descubierto ningún asentamiento o poblado, más o menos permanente, en las cercanías de aquellas construcciones, pero sí en otros lugares más distantes, lo que permite pensar que, a pesar del posible nomadismo, esa región, por alguna razón, no les era favorable y preferían establecer sus campamentos en otros lugares.
En cuarto lugar y por más que los observo, los megalitos erigidos y tallados de esas construcciones, si bien pueden representar figuras humanas, no son ni individual ni colectivamente, figuras de dioses, más bien parecen, por los relieves de las figuras talladas, representaciones de identidades o informaciones importantes que era necesario reconocer y conservar, tales los casos de los cazadores más importantes, así como de los animales que se cazaban y de los lugares donde abundaban. Algunos interpretes han asociado las tallas y figuras con mapas de constelaciones estelares, lo cual puede indicar que aquella información les permitía señalar y localizar los mejores cotos de caza de las distintas especies.
En quinto lugar, la historia de su decadencia, es decir, que la sucesión de aquellas construcciones en el tiempo muestran que la primera, de mucho mayor tamaño, mejor construida y decorada, fue abandonada y tapada con tierra y escombros y que en sus cercanías se erigieron otras, cada vez más pequeñas, rusticas y de acabados de menor calidad, las que, a su vez, también fueron enterradas, hasta algún momento en el cual ya no se construyó ninguna más. Esto permite pensar que a medida que aquel coto de caza y recolección perdía su abundancia, descendían las motivaciones y esfuerzos para su construcción y los Homo-Humanos se fueron dispersando en busca de lugares más propicios, tales los valles de los ríos Tigris y Eufrates, así como hacia las islas cercanas del Mediterráneo oriental. Ese es otro asunto que bien puede considerarse como el origen del mito de la Torre de Babel, la confusión de las lenguas y la dispersión de los pueblos.
En sexto lugar, por más que las miro, aquellas construcciones, más que templos, me parecen pabellones de caza, casi que como aquellos que construyeron las aristocracias feudales y modernas, lugares en los que se reunían los cazadores para repartir, festejar, protegerse y planear sus cacerías. Por la misma información arqueológica, se sabe que en aquellos lugares no hubo habitantes permanentes, así que allí no habitaron ni personal de servicios ni sacerdotes.
En consecuencia y para mi gusto, estas construcciones no son templos y que algunos de los pueblos que de allí partieron, tal el caso de los minoicos, tampoco construyeron templos, sin que ello quiera decir que no expresaran de otras manera sus sentimientos de lo sagrado y lo divino. Así que los primeros templos y religiones institucionalizadas se construyeron y desarrollaron en otros lugares, por otras circunstancias y en tiempos posteriores, tal el caso de los sumerios y demás civilizaciones mesopotámicas.
Como puede deducirse, no toda cultura y civilización tiene que tener un origen teogónico y religioso. También es posible pensar que las motivaciones humanas impulsadas por la necesidad, a su vez, tuvieran una expresión lúdica de la supervivencia.
***
El segundo de los descubrimientos científicos y el que más atención y prejuicios representa, es la reciente demostración de la existencia del bosón de Higgs, al que algún gracioso le dio por bautizar como el “bosón de Dios”. Eso es algo así como que la ciencia hubiera descubierto el punto en la “i” de una palabra escrita por el ser superior en el texto con el que explica su creación.
Como bien podrás pensar, la ciencia y los prejuicios que la limitan, distorsionan y tergiversan, sigue siendo controlada y manipulada por el creacionismo teogónico.
***
Por mi parte, me quedo con:
En un principio el Homo-Humano era hijo de la Madre Tierra, La Madre Materia, el cual, por su soberbia, se creyó dios, le dio muerte a su madre y ella lo castigó a sufrir impotente ante lo desconocido.


(Escribí para mí, para ti, para quien sea)
"Que sigas bien",
Iván Rodrigo García Palacios.
Medellín, 15 de julio 2012



lunes, 30 de abril de 2012

Carta eleusina No. 15


Iván Rodrigo García Palacios
Carta eleusina No. 15


Eros
Apreciado Lucilio, "te saludo"
Pensando en los artes y oficios de la Dama del Diván Rojo, se me ocurrió que es necesario hacer claridad sobre los asuntos que ella maneja con relación a Eros y erotismo, Afrodita y afrodisíaco, y a sus conexiones, correspondencias y relaciones con lo erótico, lo afrodisíaco y lo venusino, eso que tanto en la cultura popular como, a veces, en los ámbitos más cultos, se funde y confunde, privándolo de sus sentidos primordiales y, en consecuencia, es enajenando y alienando de sus verdaderos beneficios: la salud del aliento vital.
Cuando las religiones y las ideologías quieren imponer sus perversas manipulaciones, enajenaciones y alienaciones, funden y confunden los conceptos. Por ejemplo: libertad y libre albedrío; cuerpo, alma y espíritu; vida y muerte, pero aquella muerte que escinde cuerpo de espíritu para enajenar la vida, entre muchas más.
Una de las más perversas y antiguas fusiones y confusiones, es la que se ha realizado con los conceptos, significados, connotaciones y experiencias del eros, del amor, de la philia, del ágape y de la amistad. Y ni que decir de lo afrodisíaco, de lo venusino, de lo melusino.
Es por ello que todo ese asunto ha sido estigmatizado, hasta el punto que, por un lado, el mercado consumista todo lo ha erotizado -sería más correcto decir: afrodisiado, pero esa palabra no existe ni en los idiomas y menos en los diccionarios, lo que es muestra de esa aberrante estigmatización- y, por otro, las creencias religiosas y las ideologías fundamentalistas lo han convertido en causa de degeneración y degradación. Y lo que es peor, han convertido a la mujer en su causa y al hombre en su víctima.
Y en medio, una humanidad manipulada, enajenada, alienada y explotada.
Sin pretender ser exhaustivo, voy a proponer algunas consideraciones al vuelo
"El poder natural del ala es levantar lo pesado, llevándolo hacia arriba, hacia donde mora el linaje de los dioses. En cierta manera, de todo lo que tiene que ver con el cuerpo, es lo que más unido se encuentra a lo divino. Y lo divino es bello, sabio, bueno y otras cosas por el estilo. De esto se alimenta y con esto crece, sobre todo, el plumaje del alma; pero con lo torpe y lo malo y todo lo que le es contrario, se consume y acaba" (Platón, Fedro, 246 d-e).
Para mostrar que lo que, para los antiguos "Sabios" griegos y para Platón eran Eros y erotismo, es en lo que Georges Bataille empeña su vida por llevar hasta "unas últimas consecuencias", las que, él mismo lo supo siempre, son "un horizonte". Es decir, voy a tratar de mostrar cómo la "erótica platónica" se conecta, corresponde y relaciona, con la erótica batailleana.
Por razones de espacio y tiempo, me toca dejar para una carta posterior los asuntos venusinos y melusinos, así como los de la philia, el ágape y la amistad.
***
Si bien los asuntos de Eros, Afrodita y Amor, en su manifestación humana y en los lenguajes, son en extremo complejos y confusos, Platón, al exponerlos, mostró sumo cuidado al diferenciarlos y explicarlos al proponer lo que se conoce como la erótica platónica de sus diálogos Banquete y Fedro, pues, como bien puede deducirse de su empeño, él era más que consciente de las inmensas fusiones y confusiones culturales y lingüísticas presentes en la cultura y en el lenguaje griegos de su tiempo aportadas por las incontables culturas, tradiciones e idiomas que allí se habían asentado y naturalizado.

Son incontables y muy diversos los estudios realizados sobre estos asuntos, así como sobre las interpretaciones que de ellos hizo Platón, los que, como todo en los ámbitos científicos, proponen soluciones propias y diferentes, sin que se pueda decir que existe un acuerdo, si no más bien algunas tendencias en uno u otro sentido. A manera de ejemplo y más acorde con mi propósito, cito la siguiente.
En el capítulo 8: Uno, dos, tres: Eros, de su libro: El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia, Jean-Pierre Vernant, hace claridad sobre la complejidad mitológica de Eros y Afrodita:
"¿En qué podría consistir entonces la acción de Eros? No en aproximar y juntar a unos seres diferenciados por su sexo para así originar un tercero que venga a añadirse a los dos primeros. Más bien Eros impulsa a las unidades primigenias a actuar en el momento en que ellas palpitan oscuramente en su seno. Como explica Rudhart, Eros hace explícito en la pluralidad diferenciada y conformada de la descendencia aquello que antes estaba implícitamente contenido en la unidad confusa del ascendente. Eros no es el principio de unión de la pareja: no reúne a las dos partes para dar origen a un tercer ser, sino que hace manifiesta la dualidad, la multiplicidad, contenidas en la unidad" (Jean-Pierre Vernant, El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia, Barcelona, Paidos, 2001, cap. 8 , Uno, dos, tres: Eros).
Así como también sobre la interpretación que de ello se hace en la erótica platónica:
"Considerando el análisis de Francois Flahaut, se demuestra que, por el contrario, la posición de Platón, tal como es expuesta por Diótima al Sócrates de El banquete, se opone punto por punto a esa otra de la que Aristófanes se hace portavoz. Decir que el amor es similar a una locura divina, a una iniciación, a un estado de posesión, supone reconocer que en el espejo que es el amado no será nuestro rostro de hombre lo que aparece, sino más bien el del dios del cual estamos poseídos, del cual llevamos la máscara y que, transformando nuestra cara al mismo tiempo que la de nuestra pareja, ilumina ambas con un resplandor procedente de otra parte, de otro mundo. En ese rostro amado en el que me miro a mí mismo lo que percibo, lo que me fascina y me transporta es la presencia de la Belleza. Dentro de ese juego de espejos por él presidido, Eros no opera horizontalmente, como Aristófanes imaginaba; no une, a ras de suelo a dos individuos mutilados para reunir después, ombligo contra ombligo, los fragmentos dispersos. Más bien apunta hacia lo alto, en dirección al cielo, enderezando en vertical al amante y al amado, en el sentido de eso que en los dos es la cima del cráneo, allá donde hueso y piel se juntan, el único ombligo propiamente dicho, acercándoles no el uno al otro sino en todo caso a su común patria ese espacio original del cual fueran expulsados, a manera de una «planta celeste» arrancada de su matriz para ser lanzada aquí abajo" (Jean-Pierre Vernant, El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia, Barcelona, Paidos, 2001, cap. 8 , Uno, dos, tres: Eros).
De manera breve y somera y sin profundizar en filologías, sobre lo que ya existe suficiente información, voy a exponer lo que el mismo Platón explica sobre Eros, Afrodita, Amor, manía y enamoramiento, a los que califica de "deseo", pero diferenciando que unos son "los deseos" de la carne y las pasiones y otro es "el deseo" de lo Bello.
"Conviene, pues, tener presente que en cada uno de nosotros hay como dos principios que nos rigen y conducen, a los que seguimos a donde llevarnos quieran. Uno de ellos es un deseo natural de gozo, otro es una opinión adquirida, que tiende a lo mejor" (Fedro, 237 d).
Sobre el Amor, Platón hace la siguiente diferenciación:
"[...] existe [...] una teoría según la cual algunos van en busca de la otra mitad de sí mismos, pero lo que yo digo es que el amor no es ni de mitad ni de todo, sí no es el caso de que éste sea de algún modo bueno" (PLATÓN, El banquete, 205 d 9-c 3 ).
 Esas diferencias, así como en lo referente a la sexualidad y al Eros afrodisíaco, quedan bien claras, primero, en los discursos iniciales de Banquete y Fedro y, segundo, específicamente, en el primer discurso de Sócrates en Fedro (237 y 238), cuando, al referirse al Eros carnal y pasional, lo hace con la cabeza tapada, pero cuando ya se refiere al Eros que aspira y conduce a lo Bello, al final, se asombra porque ha sido poseído por esa fuerza:
"Pero, querido Fedro, ¿no tienes la impresión, como yo mismo la tengo, de que he experimentado una especie de trasporte divino?" (Fedro, 238 c).
Fuerza que E. Lledó Iñigo explica:
"Densa y precisa definición de Eros, en la que también interviene la «filología» platónica, como lo muestra la relación etimológica Érōs-Rhomē: el amor como impulso, deseo, fuerza" (Platón, diálogos, Fedro, Gredos, Madrid, 1997, nota, p. 331).
Para enfatizar aun más tales diferencias, Platón las ilustra más adelante con el mito del auriga y los caballos alados (Fedro, 253 c-e).
Platón también es enfático al establecer que existen dos Eros y dos Afroditas (Banquete, 180 d) y que sus influjos actúan sobre mujeres y hombres, a veces si a veces no, de manera conjunta y simultánea, pero siempre de acuerdo a sus propiedades y en forma clara y específica, o bien como "deseo natural de gozo" o bien como "opinión que tiende a lo mejor".
Al hacer esas enfáticas diferencias, Platón deja claro que el Eros que importa para su erótica, es aquel que, por la fuerza del "deseo" aspira y conduce a la Belleza, "de la multiplicidad a la unidad" (Banquete, 210 a-b), pero sin ser ajena a la fuerza del "deseo natural de gozo", el que también opera, pero de una manera específica.
Esa erótica platónica está expuesta como magisterio filosófico y proyecto educativo en Banquete en el discurso en el que Sócrates explica su "iniciación erótica" por parte de Diotima, la sacerdotisa de Maitinea. Como lo he expuesto en mi escrito Platón eleusino.
Sobre los asuntos del Amor, la manía y el enamoramiento, Platón también establece claras diferencias. Por una parte, dice Sócrates:
"Porque dijimos que el amor era como una locura, una manía" (Fedro, 265 a).
Para agregar a continuación:

"SÓCRATES: Pero hay dos formas de locura; una debida a enfermedades humanas, y otra que tiene lugar por un cambio que hace la divinidad en los usos establecidos.
FEDRO: Así es.
SÓCRATES: En la divina, distinguíamos cuatro partes, correspondientes a cuatro divinidades, asignando a Apolo la inspiración profética, a Dioniso la mística, a las Musas la poética, y la cuarta, la locura erótica, que dijimos ser la más excelsa, a Afrodita y a Eros" (Platón, Fedro: 265 a-b).
Esa locura amorosa o manía, es la que afecta de manera extrema a aquellos que se enamoran de los cuerpos y de los otros, pero también a aquellos que aspiran a lo Bello, para quienes su locura los conduce a la Belleza, "de la multiplicidad a la unidad" (Banquete, 210 a-b).
Sin embargo, precisar los asuntos propiamente dichos del Amor referidos a las relaciones entre las personas o con las actividades y las cosas, es más complicado, porque, por un lado se presentan las confusas equivalencias y relaciones Eros y Amor, como se explicó antes, y por el otro, la diversidad de fusiones y confusiones de los significados del Amor como ese sentimiento que une a las personas entre sí, así como con sus actividades o con las cosas. Lo único claro, para lo que aquí se trata, es que esa clase de amor-sentimiento poco más tiene que ver con el erotismo, pero que sin embargo, dada su importancia, debe ser motivo de posteriores explicaciones.
No es sólo Platón quien en sus escritos establece y usa esas diferencias de Eros, Afrodita, manía, Amor y enamoramiento. Por ejemplo, también lo hacen, entre otros: Teogonis, Safo, Anacreonte y Eurípides, lo que muestra que el asunto no era ni extraño ni desconocido para los griegos.
Ahora bien, Georges Bataille parte del supuesto que esos asuntos ya han sido establecidos y aclarados por Platón, así que sólo se interesa por llevar hasta sus últimas consecuencias ... su propia erótica.
***
Empiezo por aclarar que, tanto para Platón como para Georges Bataille, en las cuestiones de Eros y erotismo, en primer lugar, hombres y mujeres son iguales, Eros todo lo afecta. Y que, en segundo lugar, son otras y diferentes las cuestiones de Afrodita y lo afrodisíaco, en las que si opera la sexualidad por los géneros.
Para ambos, Eros y erotismo son cuestiones de la interioridad humana, así como que afectan a todo lo existente, orgánico e inorgánico. En tanto que Afrodita y lo afrodisíaco son actividades de la sexualidad de los seres sexuados.
Tanto Platón como Georges Bataille, establecen, con evidente claridad, las diferencias, así como las relaciones y las distancias entre lo erótico y lo afrodisíaco, pues, como escribe Platón:
"Todos sabemos, en efecto, que no hay Afrodita sin Eros. Por consiguiente, si Afrodita fuera una, uno sería también Eros. Mas como existen dos, existen también necesariamente dos Eros" (Banquete, 180 d).
Platón lo ilustra con el mito del auriga en Fedro, al describir el manejo y comportamientos de los caballos alados, el caballo bueno, el de "la visión erótica" y el caballo malo, el de "la visión afrodisíaca":
"Así que cuando el auriga, viendo el semblante amado, siente un calor que recorre toda el alma, llenándose del cosquilleo y de los aguijones del deseo, aquel de los caballos que le es dócil, dominado entonces, como siempre, por el pundonor, se contiene a sí mismo para no saltar sobre el amado. El otro, sin embargo, que no hace ya ni caso de los aguijones, ni del látigo del auriga, se lanza, en impetuoso salto, poniendo en toda clase de aprietos al que con él va uncido y al auriga, y les fuerza a ir hacia el amado y traerle a la memoria los goces de Afrodita" (Fedro, 253 c-e).
Por su parte, para Georges Bataille:
"El erotismo es uno de los aspectos de la vida interior del hombre. Nos equivocamos con él porque busca sin cesar afuera un objeto de deseo. Pero ese objeto responde a la interioridad del deseo".
"[...] El erotismo del hombre difiere de la sexualidad animal en eso justamente, en que pone a la vida interior en cuestión. El erotismo es en la conciencia del hombre lo que pone en él al ser en cuestión. La propia sexualidad animal introduce un desequilibrio y ese desequilibrio amenaza la vida, pero el animal no lo sabe. Nada se abre en él que se parezca a una cuestión" (G. B. El erotismo, p. 45).
Luego, agrega y diferencia, lo afrodisíaco es una actividad del cuerpo:
"Sea como fuere, si el erotismo es la actividad sexual del hombre, es en la medida en que ésta difiere de la de los animales. La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica. Lo es cada vez que no es rudimentaria, que no es simplemente animal" (G. B. El erotismo, p. 46).
Y, en Las lágrimas de Eros, lo precisa y lo distancia de las tergiversaciones cristianizadas:
"La mera actividad sexual es diferente del erotismo; la primera se da en la vida animal, y tan sólo la vida humana muestra una actividad que determina, tal vez, un aspecto "diabólico" al cual conviene la denominación de erotismo.
Es cierto que el término "diabólico" se relaciona con el cristianismo. No obstante, según todas las apariencias, cuando el cristianismo era algo lejano, la más antigua humanidad conoció ya el erotismo" (G. B., Las lágrimas de Eros, p. 41).
Antes que el diablo, fueron Dionisios y los daimones.
***
En vista de lo anterior, es necesario volver a las fuentes: Platón y Georges Bataille, maestro y discípulo, porque ambos estuvieron inmersos en esa búsqueda y examen sin fin de una verdad existencial, a veces, "inaprehensible": la verdad erótica. Búsqueda y examen que Bataille, al superar a su maestro, continúa hasta horizontes que aquel ni podía imaginar y que él mismo no logra alcanzar.
Georges Bataille asume como su destino el desvelar, a partir de la erótica platónica, aquello que aquel se plateó sobre Eros, vida y muerte ("la resurrección de la carne") y como "experiencia de conocimiento y vida", en Banquete, Fedro y Fedón, lo que para ambos sería:
"Pero ver el fulgor de la belleza se pudo entonces, cuando con el coro de bienaventurados teníamos a la vista la divina y dichosa visión, al seguir nosotros el cortejo de Zeus, y otros el de otros dioses, como iniciados que éramos en esos misterios, que es justo llamar los más llenos de dicha, y que celebramos en toda nuestra plenitud y sin padecer ninguno de los males que, en tiempo venidero, nos aguardaban. Plenas y puras y serenas y felices las visiones en las que hemos sido iniciados, y de las que, en su momento supremo, alcanzábamos el brillo más límpido, límpidos también nosotros, sin el estigma que es toda esta tumba que nos rodea y que llamamos cuerpo (*), prisioneros en él como una ostra" (Platón, Fedro, 250 b-c. Traducción, introducción y notas de E. Lledó Íñigo, Gredos, Madrid, 1997 ).
(*) La comparación del cuerpo con una tumba (sôma-sêma), procede del orfismo (cf. Gorgias 493a; República X 611e; Fedón 82e).
Ahora bien, Georges Bataille, sin plantarse en la lucha nietzscheana contra las religiones institucionalizadas y en particular contra el cristianismo, si muestra la impostura del sentido religioso del cristianismo, porque allí se da, en el vacío de las ideas, la ausencia de Dios, de lo divino, de lo sagrado y de la imposibilidad de la "experiencia mística", porque en ese vacío y ausencia también está la imposibilidad de alcanzar el "momento supremo erótico", ese que para Georges Bataille es:
"El momento erótico es también el más intenso (con excepción, si se quiere, de la experiencia de los místicos). Así se sitúa en la cumbre del espíritu humano" (G. B., El erotismo, p. 374).
Hay que anotar que para Georges Bataille erotismo y religión están íntimamente conectados:
"Cae de su peso que el desarrollo del erotismo no es en nada exterior al terreno de la religión, pero precisamente, el cristianismo, oponiéndose al erotismo, condenó a la mayor parte de las religiones. En un sentido, la religión cristiana es quizás la menos religiosa" (G. B., El erotismo, p. 49).
Es por ello que su denuncia se extiende al abuso y tergiversación que han cometido las religiones institucionalizadas con las cuestiones de Eros y erotismo, Afrodita y lo afrodisíaco, así como también lo hace extensivo a Freud y a los prosélitos del psicoanálisis.
Es así que por "un módico precio", en las "cajas registradoras" de los confesionarios y de los divanes psicoanalíticos, se perdonan los pecados de la carne y se "descarga" de la culpa por las perversiones sexuales (así sean las perversiones sexuales del propio Freud: Michel Onfray, El crepúsculo de un ídolo, Taurus Madrid, 2011).
***
Sin embarcarme en una investigación exhaustiva en la obra de Georges Bataille, una lectura de su libro El erotismo, muestra que los tres diálogos platónicos: Banquete, Fedro y Fedón, se conectan, corresponden y relacionan de manera directa con lo que se propone Georges Bataille. Por una parte, desarrollar el Eros y lo erótico platónico hasta sus "últimas consecuencias" y por la otra, situar la dificultad de la palabra y de la filosofía para contestar a la pregunta filosófica que las excede a ambas:
"La pregunta no tiene sentido más que elaborada por la filosofía: es la pregunta suprema cuya respuesta es el momento supremo del erotismo -el silencio del erotismo" (G. B. El erotismo, p. 376).
Lo que se corresponde con los planteamientos que Platón hace sobre la retórica y la escritura en Fedro.
Para ambos, la imposibilidad de la palabra sólo será superada en "la muerte" (Fedón) y para Georges Bataille, cuando
"[...] en ese momento de profundo silencio -en ese momento de muerte-, se revela la unidad del ser, en la intensidad de las experiencias en las que la verdad se separa de la vida y de sus objetos" (G. B. El erotismo, p. 377).
En la conclusión a su libro El erotismo, Georges Bataille expone su argumentación sobre esas dificultades de la palabra y de la filosofía.
***
Platón se propone distinguir las tres acciones de Eros: el Eros afrodisíaco, el Eros pasional y el Eros divino o sagrado, el de la "manía", lo cual se corresponde, evidentemente, con los tres erotismos que plantea Georges Bataille: el erotismo de los cuerpos, el erotismo de los corazones y el erotismo sagrado (G. B., El erotismo, p. 28).
Para ambos, "la máxima experiencia" se alcanza en el Eros sagrado, que es aquella, que para Platón "lleva de la multiplicidad a la unidad" y que para Georges Bataille es la que conduce "de la discontinuidad a la continuidad".
Platón lo plantea a partir de la "iniciación erótica" de Sócrates:
"[...] en la iniciación perfecta, la que comporta la contemplación" (Banquete, 210 a).
Contemplación que para Platón es la que pretende conducir de la multiplicidad a la unidad.
Contemplación que para Georges Bataille equivale a conducir de la discontinuidad a la continuidad:
"En el plano definido por lo que vengo desarrollando, la continuidad divina está vinculada a la transgresión de la ley que funda el orden de los seres discontinuos. Los seres discontinuos que son los hombres se esfuerzan en perseverar en la discontinuidad. Pero la muerte, al menos la contemplación de la muerte, los devuelve a la experiencia de la continuidad" (G. B., El erotismo, p. 116).
Para Platón el proceso concluye con la experiencia de "engendrar una virtud verdadera" en aquella "visión luminosa", tal y como lo describe en Banquete:
"3 [A 10] a. Pues bien, querido Sócrates, tal vez tu también puedas ser iniciado en esta doctrina del amor; pero llegar al grado más perfecto de la contemplación mistérica, que es la meta de todo lo dicho -con tal de que se siga el camino justo- no sé si serás capaz de alcanzarlo".
b. ... ése tal, llegado al término de la disciplina amorosa, percibirá de repente algo muy bello, de carácter maravilloso; precisamente, querido Sócrates, aquello por lo que cobran sentido los sufrimientos precedentes.
... Es más, esa belleza no se le manifestará con la figura de un ... rostro, ni como un discurso o un conocimiento ... sino en sí misma, por sí misma, y consigo misma, simple y eterna" (Platón, Banquete, 209e - 210 a, 210 e - 211 b).
Y en la Carta VII:
"3 [A 17] Desde luego que yo no he escrito nada sobre esas cosas, y nunca lo escribiré; porque este conocimiento no es en modo alguno comunicable, como otros, sino que sólo después de una intensa familiaridad con el objeto y después de haber convivido largo tiempo con él, de repente -como luz que brota de una llama palpitante- surge en el espíritu y el mismo se alimenta de sus propias virtualidades" (Platón, Séptima carta, 341 c-d).
Lo que para Georges Bataille se corresponde con "el momento supremo del erotismo" que es:
"Podemos decir del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte" (G. B., El erotismo, p.23).
Lo cual se revela:
"Es la contemplación del ser en la cumbre del ser" (G. B., El erotismo, p. 376):
Y que, al igual que para Platón, es la consecuencia de una "experiencia de conocimiento y vida":
"En efecto, lo que la experiencia mística revela es una ausencia de objeto. El objeto se identifica con la discontinuidad; por su parte, la experiencia mística, en la medida en que disponemos de fuerzas para operar una ruptura de nuestra discontinuidad, introduce en nosotros el sentimiento de continuidad. Lo introduce por unos medios distintos del erotismo de los cuerpos o del erotismo de los corazones. Más exactamente, la experiencia mística prescinde de los medios que no dependen de la voluntad. La experiencia erótica, vinculada con lo real, es una espera de lo aleatorio: es la espera de un ser dado y de unas circunstancias favorables. El erotismo sagrado, tal como se da en la experiencia mística, sólo requiere que nada desplace al sujeto" (G. B. El erotismo, p. 38).
***
En consecuencia, una cosa es lo erótico y otra, lo afrodisíaco.
Lo erótico es esa experiencia de la interioridad dionisiaca, pero no lo dionisiaco nietzscheano, sino aquella interioridad en la que se asienta la Sabiduría y la que propicia el nacimiento de la filosofía (Giorgio Colli, Filósofos sobrehumanos, Siruela, Barcelona, 2o10).
Lo afrodisíaco es la experiencia de la carne sensualizada, lo que las religiones monoteístas se encargaron de fundir y confundir con la finalidad de enajenar y alienar la vida: el horror a la carne que Pablo de Tarso imprimió con fuego en el cristianismo y que sus prosélitos convirtieron en "justa causa" y cruzada de "sangre y fuego":
"En la cristiandad primitiva la ascesis parece estar compuesta de dos elementos esenciales (Wake, 1998: 6): la anachoresis o aislamiento, y la enkrateia o autocontrol". El primero (el “exilio voluntario” como lo llamaba Evagrio Póntico) corresponde al distanciamiento de todo lazo humano, pues muy pronto, desde san Antonio, se descubrió que este combate espiritual era imposible en las condiciones de la vida cotidiana. El segundo, el control de sí mismo, significa que el solitario buscaba recobrar el poder sobre aquello que convulsionaba su vida: sobre las pasiones que agitan sus sentidos, y sobre los pensamientos que acosan su mente. Este autocontrol tiene un propósito definido: alcanzar un estado de paz interior, la imperturbabilidad que los cristianos, siguiendo a los filósofos estoicos, llamaban apatheia (justamente, “ausencia de pasiones”)" (Sergio Pérez Cortés, Sueños eróticos y ejercicios espirituales entre los hombres del desierto. Los sueños de san Jerónimo, Sociológica, México, Departamento de Filosofía, Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa, año 24, número 69, enero-abril de 2009, pp. 13-42 ).
Lo que el cristianismo exige es la apatía y la renuncia a los entusiasmos y regocijos gozosos del "aliento vital". Vivir en el desierto.
Lo opuesto de la experiencia erótica que trasgrede y subvierte los poderes que dominan, enajenan y alienan, el gozo de la vida (bios y zoe) y la salud del "aliento vital".
***
Contra esa superestructura -que fue ajena para Platón y una trampa para Georges Bataille- cabalga lanza en ristre la Dama del Diván Rojo reclutando Damas y Caballeros.
Esa superestructura muchos han intentado derribarla, la han sitiado y atacado desde adentro y desde afuera, algunas mellas le han hecho, pero ella continúa ahí, inmensa, imbatible, camaleónica, mutante. Todos se han equivocado, porque su poder no radica en las torres, murallas y fortificaciones que ha construido, pues estas no son para defenderse o repeler los ataques, sino para impedir que quienes están dentro, escapen, porque, quieran o no, están encadenados allí, por o contra su voluntad, desde antes de ser concebidos, por el poder del miedo, el miedo a que no exista otro mundo "más allá" y porque temen hasta la tentación de siquiera mirar.
Ese es su poder. Ese es el terror metafísico, el mismo que Dostoievski nombra como "terror místico":
"Se trata de un temor profundo y torturante que yo mismo no acierto a definir, hacia algo inconcebible e inexistente en el orden de las cosas, pero que parece presto a realizarse de un momento a otro y que, como para mofarse de todos los conceptos de la razón, va a plantarse ante mí como un hecho irrefutable, pavoroso, deforme e inexorable. Es un temor que suele ir acrecentándose más y más, pese a todos los razonamientos de la mente, de suerte que la inteligencia, no obstante alcanzar en esos momentos su máxima lucidez, se ve en la imposibilidad de contrarrestar las sensaciones. No se presta oído a la razón, que se convierte en algo inútil, y este desdoblamiento acentúa más aún la azorada angustia de la espera. Creo que, en cierto modo, este miedo es el mismo que el de las personas que temen a los difuntos. Pero, en la angustia mía, lo incierto del peligro agrava mi tormento" (Humillados y ofendidos, primera parte, cap. X).
Eso es "el horror metafísico", aquel que mata el "aliento vital", la imposibilidad de acceder a "la experiencia erótica", como bien lo mostró Dostoievski en sus novelas y, después de él, Kafka y otros más.
En El proceso y en El castillo, Kafka narra sendos actos sexuales de intenso contenido sexual, una sexualidad bizarra, en los cuales el "horror metafísico" frustra la "experiencia erótica", "el momento erótico supremo", en ellos no se alcanza ni "la unidad" ni "la continuidad", por el contrario, se manifiesta el imperio de "la multiplicidad" y de "la discontinuidad". "El horror metafísico" impide la posibilidad de cualquier clase de "experiencia", porque allí impera el vacío y la ausencia de sentido, de interioridad.
Ese es el vacío y la ausencia a los que los personajes de Dostoievski y Kafka buscan llenar de sentido, de presencia, de carne viva, porque su ser, al no estar en este mundo, tampoco está en ese otro, inexistente, "el otro mundo".
Porque en la "experiencia erótica" lo que sucede, "el suceso", es el "deseo" de fundirse y fusionarse del sí mismo, de sí mismo, de la carne y del mundo, en aquello que es "lo otro", "el otro", "lo desconocido", para allí reintegrarse al alcanzar "la unidad", "la continuidad": el (re) conocer, el ser conocido y el conocerse en sí mismo, en "lo otro" y en "el otro".
Es por ello que en el lado opuesto de la moneda están: Don Quijote quien en la aventura de la cueva de Montesinos, trasgrede y subvierte ese "horror metafísico", accediendo a la plenitud de "la experiencia erótica".
Y quizás la cumbre de las trasgresiones y subversiones las ofrece Shakespeare en Romeo y Julieta, exponiendo el enamoramiento como "experiencia erótica" contra "el horror metafísico". También, en Penas de amor perdido, allí se desarrolla un debate sobre "la experiencia erótica" y sus consecuencias.
Pero, es del caso aclarar, ese "horror metafísico" nada tiene que ver, primero, ni con el "miedo sexual":
"Lo que obsesiona al religioso en la tentación, es sin duda aquello a lo que teme" (G. B. El erotismo, p. 319).
Y, segundo, ni con un inexistente "miedo erótico", que bien explica Georges Bataille:
"El sentido último del erotismo es la muerte.
Hay en la búsqueda de la belleza, al mismo tiempo que un esfuerzo para acceder, más allá de una ruptura, a la continuidad, un esfuerzo para escapar a ella.
Jamás deja de existir ese esfuerzo ambiguo.
Pero su ambigüedad resume y retoma el movimiento del erotismo.
La multiplicación desordena un estado de simplicidad del ser; un exceso trastoca los límites, desemboca de alguna manera en el desbordamiento.
Siempre se da un límite con el cual concuerda el ser. Identifica ese límite con lo que él es. El horror nos induce a pensar que ese límite puede dejar de existir. Pero nos equivocamos tomando en serio el límite y el acuerdo que el ser le da. El límite sólo se da para ser excedido. El miedo (el horror) no indica la decisión verdadera. Al contrario, de rebote, incita a franquear los límites" (G. B. El erotismo, p. 201).
Otra cosa muy distinta es el miedo biológico a morir:
"Como un animal amenazado de muerte, los reflejos, vinculados entre sí de un modo intolerable, de estupefacta inmovilidad y de huida lo paralizan en esa posición de supliciado que solemos llamar angustia" (G. B. El erotismo, p. 323).
Al igual que el placer y el dolor, el miedo biológico es propiedad natural de la materia organizada que llamamos vida (bios), son instrumentos para la supervivencia, la reproducción y la adaptación, pero, la cultura, las ideologías, los han han convertido en grilletes de la existencia (zoe). Ese es el poder que hay que desmontar, porque es allí donde se instala aquella perversión que llaman "violencia sagrada".
Y en ese punto es donde las propuestas de Platón y Georges Bataille son fundamentales: la única muerte que existe es aquella a la que se accede en vida, "la pequeña muerte", aquella de cuando, eróticamente, se desea (una cosa es el deseo sexual y otra es el deseo erótico) superar la multiplicidad en la unidad, la discontinuidad en la continuidad, para así alcanzar el momento en el cual se "percibirá de repente algo muy bello", "el momento supremo del erotismo", ese instante en el que desde el Todo se contempla el Uno, "la experiencia primordial" de que hablaba en la Carta eleusina No. 14. "Experiencia primordial" en la que se muere para resucitar trasformado: Ariadna y su hijo y amante, Dionisios, la perpetuación del ciclo de la vida (bios y zoe).
En fin, el asunto se pone aquí en el punto de pregunta: ¿Cómo?
Sólo espero que la Dama del Diván Rojo, como la Dama Celeste del soneto de Shakespeare, sople
"[...] el profético aliento / que al vasto mundo en sueños de futuro agita..." (Shakespeare, soneto CVII).
En fin... asuntos para seguir leyendo y escribiendo.
(Escribí para mí, para ti, para quien sea),
"Que sigas bien"
Iván Rodrigo García Palacios.


miércoles, 18 de abril de 2012

Carta eleusina No. 14


Iván Rodrigo García Palacios
Carta eleusina No. 14


 WILLIAM BLAKE : "Hold infinity in the palm of your hand"


Apreciado Lucilio, "te saludo"
Quería comentarte lo que por estos días ha concentrado mi atención y desde hace muchos más, como lo puedes ver en mis primeras Cartas eleusinas:
¿Qué podría decirse en la actualidad de aquellos estados extáticos o de ensimismamiento en los que Sócrates se sumergía para contemplar los asuntos más complejos de su magisterio filosófico?
Para mi gusto, tal y como lo trata Platón en Fedro y en Banquete, esos estados son el fundamento eleusino de la pedagogía socrática y platónica expuestas en la doctrina del Eros y la retórica, primero en Fedro, sobre la manía, aquella que es la locura divina:
SÓCRATES: En la [locura] divina, distinguíamos cuatro partes, correspondientes a cuatro divinidades, asignando a Apolo la inspiración profética, a Dioniso la mística, a las Musas la poética, y la cuarta, la locura erótica, que dijimos ser la más excelsa, a Afrodita y a Eros" (Platón, Fedro: 265 a-b).
Y luego, en Banquete, cuando Sócrates explica la "iniciación" en los asuntos de Eros en la que fue conducido por Diotima, la sacerdotisa de Maintinea. Magisterio y proyecto educativo que Platón presenta en ese discurso eleusino mediante el cual Diotima se propone "iniciar" a Sócrates
"[...] en la iniciación perfecta, la que comporta la contemplación" (Banquete, 210 a).
"Iniciación" que pretende producir los cuatro "partos" y desarrollar las cuatro etapas del progreso hacia la sabiduría, los cuales se inician, para el "iniciado":
"De la multiplicidad a la unidad" (Banquete, 210 a-b).
Y que culminan con el descubrimiento de nuevos conocimientos sobre la naturaleza de la Naturaleza, sobre la naturaleza existencial del Homo-Humano y, lo más trascendente, sobre su sí mismo, su conexión con el "Uno y Todo", con la Naturaleza y con los otros:
"Engendrar ya no copias de la virtud... sino una virtud verdadera" (Platón, Banquete, 212 a).
Este asunto espero exponerlo mejor en mi escrito Platón eleusino.
Pero, con el paso del tiempo y con la evolución de las ideologías, las religiones convirtieron a aquello, no sin desconfianza y temor, en "Experiencia mística", en el terreno de lo sagrado y de lo misterioso, tal y como todavía se la considera con más estigmas que beneficios.
Sin embargo, más reciente y todavía con mucha timidez e inseguridad, las neurociencias ya se refieren a aquello como "Experiencia mental", "Experiencia científica" y "Experiencia estética".
Por mi parte, prefiero llamarla "Experiencia primordial" o, con menos énfasis, "Experiencia inventiva o ingeniosa" (para los que así lo prefieran, pueden llamarla "Experiencia creativa o creadora"), porque, para mi, lo que en esos estados se sucede en el cerebro, como lo están demostrando las neurociencias, no es otra cosa que el estado en el cual, ante "la visión y contemplación" de la inmensidad y la multiplicidad de un asunto con el que se ha convivido por largo tiempo, se inicia, en medio de dolores y placeres sublimes y refinados, la fecundación de la razón, por la cual se gestará y nacerá la unidad de un nuevo descubrimiento -la elección de la mejor de entre muchas hipótesis-, lo que nos llena de entusiasmo y regocijo. Eso si que es un estado extático.
Las filosofías y las ciencias son escrupulosas al momento de excluir de sus campos de conocimiento todo aquello que no pueda ser explicado de manera racional. Es por ello que apartan y califican como irracional lo que se esconde o escapa a sus explicaciones.
Es así que en sus conceptualizaciones y definiciones, los significados y connotaciones de la experiencia están restringidos a lo meramente empírico y racional y se afanan en apartar cualquier sentido y significado referido a lo irracional del término, máxime si este se refiere a asuntos empíricos como la mente o la ciencia, porque en esas actividades es un contrasentido pensar en sucesos o situaciones extra-racionales como los que se presentan en la imaginación o en las artes o en el enamoramiento, porque en aquellos, un descubrimiento o un invento científico, son el resultado exclusivo de un proceso racional, a diferencia de la imaginación y las artes que producen sus obras por procesos estéticos, es decir, por "experiencias" de lo sensible, lo tangible y lo intangible a un nivel supra-racional.
Y es aquí donde la experiencia se complica, primero, porque toda experiencia es un principio para la comprensión y la búsqueda de sentido y en el descubrimiento de nuevos conocimientos. Un proceso que, como lo describe Jean-Pierre Chageux para la compresión de un cuadro, igual se sucede para el desarrollo y realización de una idea científica o de un invento:
"La multiplicidad de sentidos del cuadro, su sobrecodificación estilística, hace que su contemplación no tenga nada de sumisión pasiva. Todo lo contrario. Los diversos sentidos que posee no se entregan necesariamente al espectador de manera simultánea. Este los evoca, uno tras otro, sin que los encadene siguiendo una lógica universal, como la de un razonamiento científico. El cuadro posee una facultad de despertar significaciones que responden a las razones estratégicas del pintor, para utilizar la expresión de Granger. Interroga al espectador, que forja hipótesis para redescubrir esas razones y "repite en pensamiento la proeza imaginativa realizada por el artista" (H. Gombrich, La ecología de las imágenes). La contemplación se vuelve recreación donde se ponen a prueba las hipótesis que el cuadro sugiere al espectador. Entran en resonancia y son conservadas, si no corregidas o eliminadas. Formas, imágenes e indicios reclutan objetos de sentido que eventualmente pueden salir del marco intencional del artista y formar parte de la memoria a largo plazo del espectador a raíz de experiencias individuales. El cuadro afecta a ese almacén inconsciente y lo hace emerger mediante la focalización de su atención en el compartimiento consciente de la memoria a corto plazo. Se desarrolla entonces un diálogo imaginario con el cuadro, que se hace "sueño compartido", y ese poder sobre el imaginario es particularmente vivo cuando la representación se aparta de la simple mímesis, cuando se produce una distanciación" (Jean-Pierre Changeux, Razón y placer, Tusquets, Metatemas, Barcelona, 1997, p. 35).
Segundo, porque tanto en lo científico como en lo estético, el inicio del proceso es el mismo, tal y como lo propone Platón en Banquete: una "visión" y una "contemplación" de lo múltiple a la unidad; unidad que es donde se establecen las diferencias, porque, como a continuación de lo anterior, agrega Chageux:
"A diferencia del concepto científico, que se cierra sobre un sentido preciso y apunta a la universalidad, la obra de arte por el contrario, por su facultad de despertar, se abre a una multiplicidad de experiencias de pensamiento que dejan la mayor parte a lo subjetivo, a la experiencia individual" (Jean-Pierre Changeux, Razón y placer, Tusquets, Metatemas, Barcelona, 1997, pp. 35-36).
Ese es el inicio del proceso, que no del "primer pensamiento", como lo denomina Jean-Pierre Changeux, porque bien puede iniciarse con una sensación o una imagen, las que, a continuación, pueden producir un pensamiento. Esto bien puede acomodarse con la descripción y explicación que el mismo Changeux hace:
"Edgar Allan Poe ha descrito esos "laboriosos e inciertos partos del pensamiento, los verdaderos designios comprendidos únicamente en el último minuto, los innumerables relámpagos de ideas que no alcanzan la madurez de la plena luz, las imaginaciones plenamente maduras y rechazadas sin embargo por la desesperanza de ponerlas en práctica, las elecciones y rechazos largamente sopesados, las tachaduras y adiciones penosas" que hacen de las primeras etapas del proceso creador una "experiencia mental" de carácter eminentemente darwiniano. En un estado de atenta expectativa particularmente agudo, el artista evoca, disocia y vuelve a combinar imágenes y representaciones a veces sin saberlo, hasta que en su cerebro se estabiliza el "esquema ideal", "la idea primera" (Jean-Pierre Changeux, Razón y placer, Tusquets, Metatemas, Barcelona, 1997, p. 44).
Para Changeux, en el proceso de creación se presentan, primero, una "experiencia científica", que es el resultado "de un desarrollo complejo en el tiempo, de una evolución, o más bien de una imbricación de evoluciones", que serían la formación de una intuición o esquema mental, su actualización y su ejecución, por parte de un artista o un científico.
Más adelante, Changeux agrega a este proceso la "experiencia mental", a la que le imprime un "carácter darwiniano" que bien puede explicarse como un proceso selectivo entre diversas opciones o hipótesis.
Aun cuando Changeux se está refiriendo específicamente al proceso creativo del pintor, al que diferencia del científico por el resultado, como se mostró atrás, es decir, un proceso cerrado para lo científico y un proceso abierto para lo estético, lo cierto es que, hasta ese punto, ambos procesos son iguales ya que tienen su origen en una "experiencia íntima o interior" que sólo se diferencia por las materias y las informaciones que científicos y pintores procesan. Esta "experiencia creativa" es todavía inexplicable para las ciencias.
Esa "experiencia íntima o interior " es a lo que denomino "experiencia primordial" o "experiencia creativa" (para aquellos que prefieran esa connotación pedagógica en lugar de la connotación espiritual de la otra expresión, la cual es más acorde con mi planteamiento), es decir, es la "visión" que se logra tras una intensa "contemplación", tal y como lo describe Platón de la "experiencia eleusina":
"3 [A 17] Desde luego que yo no he escrito nada sobre esas cosas, y nunca lo escribiré; porque este conocimiento no es en modo alguno comunicable, como otros, sino que sólo después de una intensa familiaridad con el objeto y después de haber convivido largo tiempo con él, de repente -como luz que brota de una llama palpitante- surge en el espíritu y el mismo se alimenta de sus propias virtualidades" (Platón, Séptima carta, 341 c-d).
Por otra parte, "Los Sabios" presocráticos ya se habían planteado las formas del cómo era posible conocer. Ellos hablaban de como los hombres llegaban al conocimiento por medio del análisis de las atracciones y de los rechazos entre las cosas iguales y las diferentes, de la ley de los contrarios, de lo que es y lo que no-es, en fin, la lógica incipiente de una razón que podía aprehender y explicarse las realidades de la Naturaleza y las realidades de la naturaleza existencial.
Por lo que actualmente están demostrando las neurociencias, Platón y "Los Sabios" tenían una compresión muy atinada de la naturaleza y de los procesos mediante los cuales el cerebro procesa, sintetiza, memoriza y proyecta, las informaciones que percibe en el sí mismo, en los otros y en el mundo y lo aplicaban a su existencia interior y pública y al magisterio con sus discípulos.
De manera sencilla, lo que están demostrando las neurociencias es que el cerebro procesa las informaciones que percibe, así: diferencia, contrasta, armoniza, ordena, organiza, clasifica, memoriza, asocia y reproduce, informaciones, para luego anticipar y proyectar sus acciones, tanto a nivel metabólico como a nivel consciente, generando de esa manera los mapas con los cuales se integra la mente, como lo muestra Antonio Damasio, tomando una de las proposiciones de la Ética de Spinoza:
Como lo definió Spinoza, mente y cuerpo son atributos paralelos, manifestaciones, de la misma sustancia (Ética, parte I), para luego agregar:
"PROPOSICIÓN XIII
"El objeto de la idea que constituye el alma (mens) humana es un cuerpo, o sea, cierto modo de la Extensión existente en acto, y no otra cosa" (Spinoza, Ética, II, Proposición XIII).
Lo que en palabras directas quiere decir, para el uso que le da Antonio Damasio:
"La mente humana es la idea del cuerpo humano" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009).
Y ese cuerpo inventa (o crea, según el gusto) las extensiones de las que hablaba Marchall McLuhan, por medio de las cuales establece y desarrolla su Ser y Estar en el mundo.
Y la mayor y más humana de esas extensiones es la que describe Nietzsche:
"El cuerpo creador se creó el espíritu como una mano de su voluntad".
"[...] Espíritu - es la vida que muerde en la propia carne ¡en su padecimiento acrecienta su saber!" (Nietzsche, Así habló Zaratustra, I, De los despreciadores del cuerpo).
He ahí la "Experiencia primordial", el espíritu, que es el Gran Anhelo de futuro:
Anhelo: Deseo vehemente de conseguir alguna cosa.
Anhelo que para Spinoza es el "conatus":
"PROPOSICIÓN IX
El alma, ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo" (Ética, II).
Lo que se explicaría, también y según Spinoza, que el hombre se definirá por su anhelo y, en general, todas las cosas por su conatus.
Esta ley del conatus es general para toda la naturaleza, aunque sólo en el hombre alcance la dimensión vital, existencial y psicológica que las palabras "perseverar, duración, esfuerzo", parecen conllevar.
Pero, también, según Antonio Damasio:
"El anhelo es un rasgo profundo de la mente humana. Esta implantado en el diseño del cerebro humano y en el acervo genético que lo engendra, no menos que los rasgos profundos que nos conducen con gran curiosidad hacia una exploración sistemática de nuestro propio ser y del mundo que lo rodea; los mismos rasgos que nos impulsan a construir explicaciones para los objetos y situaciones de este mundo. El origen evolutivo del anhelo es completamente plausible, pero la explicación necesita otro factor para que uno pueda comprender por qué la constitución humana acabó por incorporar el rasgo. Creo que en los seres humanos primitivos funcionó un parecido factor de la misma manera que está funcionando ahora. Su consistencia tiene que ver con el poderoso mecanismo biológico que hay tras él: la misma empresa natural de autopreservación que Spinoza enuncia de forma tan clara y trasparente como esencia de nuestro ser, el conatus, es llamado actuar cuando nos enfrentamos a la realidad del sufrimiento y, en especial, de la muerte, real o anticipada, ya sea la nuestra o la de los que amamos. La perspectiva misma del sufrimiento y la muerte trastorna el proceso homeostático del espectador. La empresa natural para la autopreservación y el bienestar responde al trastorno con una lucha para evitar lo inevitable y corregir el equilibrio. La lucha provoca que encontremos estrategias compensadoras para la homeodinámica que se ha desviado del camino recto; y el darse cuenta de toda la situación comprometida es causa de profunda aflicción" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009, p. 249).
Es en ese contexto en el que, por un "calentamiento cerebral", concentración extrema de la atención, motivado por la imperiosa necesidad de resolver una situación agobiante, se sucede "una experiencia excepcional " de naturaleza biológica, anímica o intelectual, por la que se provoca y produce una conformación emergente, breve o duradera, de un nuevo sistema de circuitos y conexiones neuronales nuevos, en los que se involucran otros sistemas, circuitos y conexiones, existentes o se reactivan otros que estaban inactivos o habían sido eliminados, causando un estado de exaltado entusiasmo y gozoso regocijo.
Eso es lo que se sucede en el proceso de recuperación de una penosa enfermedad corporal o cuando se sufre y supera un desasosegante estado anímico o cuando se encuentra la solución a un problema intelectual o cuando se logra, al fin, la realización de una obra de arte. Y, por qué no, similar al estado de euforia y plena satisfacción tras la consumación del acto sexual, por largo tiempo necesitado y deseado, con la pareja amada (ver: Iván Rodrigo García Palacios, Del ferino furor del enamoramiento).
He ahí la acción del Eros cósmico y del Eros terrenal, magma volcánico que emerge violentamente de lo más profundo para destruir la vieja vida y engendrar una nueva.
Como puedes ver, y es mucho más lo que queda por ver, a la hora de una verdad más humana, ese asunto de la "experiencia primordial", a la que le han metido demasiada "mística", está mucho más cercana a la carne, esa carne, que como lo propone Santayana, es de donde emana el espíritu (George Santayana, Platonismo y vida espiritual, Trotta, Madrid, 2006, p. 57).
En fin... asuntos para seguir leyendo y escribiendo.
(Escribí para mí, para ti, para quien sea),
"Que sigas bien"
Iván Rodrigo García Palacios.


 
Licencia Creative Commons
Cartas eleusinas por Iván Rodrigo García Palacios se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.